Cuenta las riquezas
Salmo 103:1-5
La adversidad nos hace pensar en que ya está todo perdido. Las situaciones desfavorables, las desgracias, o inclusive como algunos piensan la mala suerte nos lleva a pensar que ya perdimos nuestra felicidad, nuestras buena vida, nuestra buena posición.
Los pesares y cargas nos hacen ver negro el futuro. Como si estuviéramos en un túnel donde cada vez se hace más negro el panorama, como estar en una cueva de donde no podemos salir.
La prosperidad de otros en particular los malos nos hacen tener el deseo de no seguir adelante. Cuando vemos que de todos modos algunos se aprovechan de la situación, se hacen ricos con cada evento y nosotros cada vez vamos siendo más pobres, nos dan ganas de ceder a las tentaciones y dejar de mantener nuestras convicciones o normas bíblicas de conducta.
Las aflicciones nos desalientan a seguir firmes en la fe. Las tristezas, el abatimiento, las molestias y el sufrimiento físico nos hacen perder la fe, como si ya hubiera acabado todo y no queda más que la muerte.
Pero… “Cuenta las riquezas” [1]
Cuando nos quedamos huérfanos de padre, éramos 9 hermanos con edades de 1 a 19 años y mi mamá que no sabía nada del campo, nos quedamos desolados, desanimados, desamparados. Veíamos todo perdido, nuestra vida anterior era una vida feliz, protegidos por papá, con una buena vida.
Pero después de que mi mamá se recuperó mediante un encuentro personal con Dios, de rodillas en el patio de la casa lloró, y en oración pidió a Dios que le levantara y le diera fuerzas para trabajar con los recursos que tenía y dar lo necesario a sus hijos, la situación a pesar de los pesares, cambió, pues ahora sin padre pero con la presencia de Dios en la familia salimos adelante. Y un himno que cantábamos continuamente, en nuestros devocionales familiares era este “Cuenta las riquezas”.
1. Cuando combatido por la adversidad,
creas ya perdida tu felicidad,
mira lo que el cielo para ti guardó.
Cuenta las riquezas que el Señor te dio.
Coro
Cuenta las riquezas de tu Dios
Mira las riquezas de su amor
Pon los ojos donde Cristo está
Y tu mente guarde la divina paz.
2. ¿Andas agobiado por algún pesar?
¿Duro te parece amarga cruz llevar?
Cuenta las promesas del Señor Jesús,
y de las tinieblas nacerá la luz.
3. Cuando de otros veas la prosperidad
y tus pies claudiquen tras de su maldad,
cuenta las riquezas que tendrás por fe
donde el oro es polvo que hollará tu pie.
4. Aunque grande sea tu aflicción aquí,
No te desalientes: Dios está por ti,
Si a su propio Hijo no se reservó
Aún veras riquezas que ojo nunca vio
Sin darnos cuenta estábamos recibiendo mucha bendición al cantar y aferrarnos a las promesas dadas por Dios para sus hijos. Pero ¿cuáles son esas bendiciones? El Salmo 103 nos ayuda a entender algunas de las grandes bendiciones de Dios.
«Este salmo pide más devoción que exposición», El salmista, Comienza expresando sus emociones personales, para dar paso a exponer el carácter de Dios y termina con una exhortación a los ángeles, a las obras de Dios en general y, finalmente, a sí mismo, a alabar y bendecir a Dios.
Alabanza por las bendiciones de Dios
Salmo de David.
1 Bendice, alma mía, a Jehová,
Y bendiga todo mi ser su santo nombre.
2 Bendice, alma mía, a Jehová,
Y no olvides ninguno de sus beneficios.
3 El es quien perdona todas tus iniquidades,
El que sana todas tus dolencias;
4 El que rescata del hoyo tu vida,
El que te corona de favores y misericordias;
5 El que sacia de bien tu boca
De modo que te rejuvenezcas como el águila.
El salmista habla aquí consigo mismo, y no es necio el que así habla con su propio interior.
Se estimula a sí mismo a bendecir y alabar a Dios: «Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre». Es el Señor quien debe ser bendecido, y es toda la persona la que ha de emplearse en esta bendita tarea.
Se provee a sí mismo de materia abundante para bendecir agradecido a Dios: «Ven, no olvides ninguno de sus beneficios»:
- Perdón: «El que perdona todas tus iniquidades». Nos indica que ha perdonado, perdona y perdonará todas las culpas. Esto se menciona en primer lugar, porque, al perdonar el pecado, Dios retira de nosotros lo que nos privaba de toda bendición y nos otorga de nuevo su favor, que es la fuente de todas las demás bendiciones.
- Sanidad «El que sana todas tus dolencias», nuestras enfermedades graves. Para empezar nuestras culpas son capitales, pero Dios nos salva la vida al perdonarlas; nuestras enfermedades eran mortales, pero Dios nos salva la vida al curarlas. Estas dos cosas van juntas, porque la obra de Dios es perfecta; Él no obra por mitades; si quita la culpa del pecado mediante su gracia perdonadora, también quebranta el poder del pecado mediante su gracia renovadora.
- Redención «El que rescata de la fosa (del hoyo, del sepulcro) tu vida». Dios no permitió que el salmista muriera en la cautividad, sino que le otorgó el privilegio de regresar a su patria. Son muchos los peligros de los que Dios nos rescata, pero es, ante todo, de agradecer, el sacrificio de la vida de nuestro Señor Jesucristo, la segunda persona de la Trinidad, en el Calvario, mediante el cual obtuvo para nosotros eterna redención.
- Protección y dignidad «El que te corona de amor misericordioso y de compasiones. No sólo nos salva de todo mal y nos preserva de toda ruina, sino que nos hace verdadera y totalmente dichosos, al concedernos todo lo que puede servir para nuestro bien. ¿Qué mejor corona y mayor dignidad puede haber que ser el favorito protegido de Dios?
- Cosas buenas «El que sacia de bien tu boca» (v. 5). El vocablo hebreo edey significa «ornamentos» o «atavíos», no «boca». «El que te adorna completamente de cosas buenas».
- Nueva vitalidad «De modo que te rejuvenezcas como el águila». El águila es un ave que puede alcanzar una edad de hasta cien años con una vitalidad diariamente renovada.
“pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” Isaías 40:31.
Cuando Dios, mediante las gracias y los consuelos de su Espíritu, hace que los suyos se recuperen de sus enfermedades y los llena de vida y gozo nuevos, como adelanto de la vida y del gozo eternos.
El salmista termina el salmo con la misma frase con que lo empezó. No dice para sí: «Ya está bien, alma mía; ya has bendecido al Señor; siéntate y descansa», sino: «Bendice, alma mía, a Jehová, más y más». Como una más de todas las obras de Dios, siente en su interior el urgente impulso de unirse al coro de la creación entera en las alabanzas al Creador.[2]
[1] Himnario “A Dios sea la Gloria”, Iglesia Nacional Presbiteriana de México, Editorial: Publicaciones el Faro, (2002).
[2] Henry, M., & Lacueva, F. (1999). Comentario Bíblico de Matthew Henry (pp. 631–632). 08224 TERRASSA (Barcelona): Editorial CLIE.
